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Paco llegó un mes de Julio, se lo habían encontrado hacía meses en una carretera nacional en Toledo, tenía más o menos un año, no quería comer, de hecho ya no quería vivir: tomaba ansiolíticos y antidepresivos. Te acercabas para intentar acariciarlo y se apretujaba contra la pared. Eso en casa.

En la calle le tenía terror a todo: personas, vehículos, sombras de árboles, ruido del viento, papeles volando, luces… A los dos minutos de viajar en coche ya vomitaba.

Le hemos visto intentar huir en vertical muro arriba. Tardamos un mes en poder tocarlo en casa sin que saliera corriendo agachado. Íbamos al parque del final de la calle en coche para que asociase el coche con algo bueno. Trabajamos, luchamos y ganamos a sus fantasmas e inseguridades.

Después de que se comiera una tortilla de calabacín en una ausencia nuestra de cinco minutos supimos que las cosas mejoraban.

A los seis meses, decidimos buscarle compañía, si Paco era un podenco mediano, macho, joven (de año y medio) le buscamos a Sofía, una galga, nueve años cazando para un tipejo que amenazó con matarla en Jaén. Sin tener más datos la fuimos a buscar: resultó ser de tamaño grande. También supimos que llegaba enferma. Y con el celo. Paco estuvo encantado de que su nueva compañera fuese una hembra tan bien dispuesta.

La primera noche de Sofía en casa no la olvidaremos nunca: se subió a la mesa con sus cuatro patas flacas y flojas encantada con la perspectiva de comerse nuestra cena. Luego descubrió el sofá y se dedicó a gruñirnos cada vez que pasábamos a metro y medio de “su” sofá.

A Sofía le podías contar las costillas y la columna vertebral por la falta de peso, la cadera sobresalía en su lomo flaco. Sofía suave, dócil, de rabo roto y dientes desgastados hasta las encías. Sofía con la cara y el cuerpo llenos de cicatrices de mordiscos de otros perros. Sofía, que ha tardado tres años en levantar la cola por casa de alegría, tres años en soltarse la melena, tres años en ver que no hace falta cazar para comer cada día, tres largos años para perdonar a los humanos un poco y disfrutar de lo que son los mimos.

Con ella seguimos trabajando y luchando sin la seguridad de poder superar 9 años de maltrato. Pero ahora me puedo acercar y levantar la mano para acariciarla y ya no cierra los ojos de miedo.

Una mañana de domingo fuimos a un stand de Galgos 112 en Vilanova, queríamos que viesen cómo se había engordado nuestra abuelita en el medio año que ya llevaba en casa y entonces el mundo se paró.

Asustada, hecha un ovillo e intentando ser invisible allí estaba Joy, una podenca ibicenca que habían rescatado de la perrera de Logroño in extremis: ni su madre ni sus hermanos pudieron salvarse y los eutanasiaron por ser podencos. Vi unos ojazos y unas orejotas cachorronas asustadas. ¿La puedo sacar a pasear un poco?

Por el camino ha quedado el suelo de una habitación destrozado por la incontinencia cachorril, un sofá mordisqueado gracias al cambio de sus muelas de leche por las definitivas y miles de miradas incrédulas: ¿tres perros?

Desde sus seis meses está con nosotros, se ha hecho grande, muy grande, sana y fuerte. Es nuestro troll doméstico y la mimosa de casa. Sus ojos son claros como el primer día que la vi pero su pelaje ya no luce el color amarillento de la miseria de la perrera.

Y cada día hace honor a su nombre.

Sin ellos nuestro piso no sería un hogar, ni nuestra relación una familia. Ellos nos enseñan a apreciar los placeres más mundanos y que lo que vale la pena requiere de esfuerzo, cariño y paciencia.

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