Lo último que recuerda Ónice de su vida anterior son unos faros acercándose a toda velocidad. Debía estar buscándose la vida en la carretera de Osuna a Sevilla, que es donde la encontraron atropellada, casi muerta. Nadie sabía decir de donde venía, ni que vida llevaba.

Algún alma caritativa tuvo a bien el recogerla de la cuneta donde estaba muriendo y la llevó a un garaje. No sabía qué hacer y la tuvo en casa hasta que pudo contactar con su ángel salvador: Marité.

Marité estaba cansada de estar todo el día trabajando y ayudando a otros galgos como Oni a salir adelante. Exhausta, contestó al teléfono y en el momento que otras personas hubieran dicho: “No puedo más”, ella sacó fuerzas de flaqueza y vino a ayudarla.

Ónice contaba con una fractura expuesta en su pata y múltiples heridas a causa del atropello y el arrastre del vehículo que la arrolló. Tenía que ser intervenida con urgencia. Marité y José Luis la acogieron en su casa y atormentada por el dolor pasó su primera noche en lo que llegaría a ser su primer hogar.

Como es negra, muy negra de color, Marité la bautizó con el nombre de Ónice que es una piedra del mismo color que su pelaje. Además, sus cicatrices adquieren un color chocolate con el sol, así que todo el mundo quiere comerla a besos. Pero volvamos a su pasado…

Al día siguiente la operaron. Como su tibia y su peroné estaban rotos y asomaban por su piel tuvieron que quitarle trozos de huesos y unir las dos partes. Estaba tan desnutrida que no tenía carne para tapar las heridas de la operación, así que quedó el hueso expuesto y tenían que crecer sus músculos para recubrirlos. Eso suponía curas diarias y dolor. Un dolor terrible, agónico, que debía soportar día tras día, pero quería vivir.

Y el resto de sus heridas también dolían. Cada día curas y rabia. Rabia porqué no es que fuese una galga feliz que tuvo la mala suerte de ser atropellada. Si estaba sola, abandonada, con los espolones cortados, desnutrida, pesando 15 miserables kilos, sedienta y vagabundeando; no era porqué lo hubiese elegido. No era porqué era traviesa y se escapó. Todo esto era porque es uno de los muchísimos galgos maltratados diariamente en este país.

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Los días posteriores a su atropello transcurrían tranquilos, los demás perros con los que convivían en casa de Marité y José Luis no la molestaban y sólo quería un poco de tranquilidad. Descubrió un sofá ideal para dormir, descansar y morderlo bastante, todo sea dicho. Le resultaba molesto el collar isabelino y, durante las revisiones, radiografías, curas, análisis, inyecciones de factores de crecimiento, etc. se dejaba hacer estoicamente. Las agujas le impedían estar totalmente cómoda, pero aguantaba el suplicio y la incomodidad. De eso dependía tener 4 patas.

Le quitaron un trozo del hueso del hombro y otro trozo de la cadera para injertárselos donde no tenía hueso en la tibia, en la pierna, con un hierro muy largo. Y a perro flaco todo son pulgas. La placa que le sujetaba la pierna le provocó una infección. Tuvieron que retirársela pero su hueso estaba muy débil y no aguantó la presión de caminar. A la semana se quebró y tuvo que pasar nuevamente por el quirófano para ponerse una nueva placa que, para más inri, se rompió al mes. Total, vuelta al quirófano para ponerle fijadores externos y llevar más metal que la chaqueta de un heavy.

Y así estaba pasando los días hasta enero de 2010. Un día sonó el teléfono y Marité, al colgar, se le acercó y le dijo a Ónice que le habían encontrado una familia. ¡Caray! De no tener nada en este mundo a encontrar familia adoptante.

Marité la hizo subir al coche. Recogieron a su amiga Paqui y subió una compañera: Fortunata, una galguita joven llena de miedo que se le acercó asustada. “Tranquila”, parecía decirle Ónice, “vamos a viajar pero no nos va a pasar nada. Me han dicho que tienen una familia para cada una de nosotras”

Haciendo sus necesidades en un área de servicio llegaron Helena y David para recogerlas. Nos despedimos de Marité y subimos, junto con Fortunata, a la furgoneta. De Sevilla a Barcelona es un viaje largo, muy largo pero estaban cómodas. Once horas después conoció su casa nueva.

Al día siguiente Fortunata fue recogida por su nueva familia. Así, que empezamos a conocernos los tres, Ónice y los dos humanos que dejaba que viviesen con ella. Pese a ganar confianza día a día y pese a trabajar en su recuperación, aún tuvo que pasar dos veces por quirófano. Le quitaron los fijadores externos y, un mes después, la plaquita metálica que aún le quedaba. ¡Se acabó ser Galgocop!

En las primeras semanas iba guardando distancias. La tratábamos como una reina, pero los recelos inconscientes de experiencias que no recuerda, ni quisiera si pudiera, le hacían ser un poco prudente. Llegó el día de su última operación y Helena también se quebró la patita, regresando a casa con muletas. ¿Tenía envidia?

En fin, que las dos convalecientes estaban en el sofá y ella llamó a Ónice para que se acercase entre sus piernas. Hasta aquel día, sinceramente, no nos hacía mucho caso por lo que os he explicado; más bien nada de caso. Pero pareció darse cuenta que no tan sólo era Helena quien la mimaba y le daba de comer, si no que era alguien especial en su vida. Así que se acercó a ella y se estiró entre sus piernas para que le diese mimos. También hacía un frío del carajo y allí no veas lo calentito que se debería estar. O podría ser un ejercicio de solidaridad de estilo marxista: “Cojas de todo mundo ¡uníos!”

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Después de sanar sus últimas heridas comenzó a caminar mejor. Sí, a veces cojea todavía, sobre todo en los cambios de tiempo o en los terrenos muy agrestes, pero no veáis lo feliz que es caminando o corriendo. Si le duele, pues a tres patitas más de lo común; si no le duele pues hace más la cabra.

La primera vez que jugó en su nueva casa fue el día que robó unos pantalones y se dedicó a voltearlos y matarlos. ¡Qué cosas! en lugar de quitárselos se los dimos como su primer juguete. ¡Nos tenía en el bote!

Un día, jugando después de pasear nos miró fijamente. No sabe hablar nuestro idioma, pero la entendimos. Quería que nos animáramos para acoger a otros galgos que también necesitan una familia para ser adoptados. Nos plantearmos si serviríamos para ello; así que tuvo que mirarnos de nuevo para decirnos que nos ayudaría, que enseñaría las normas de la casa a los otros galgos que vinieran, y que jugaría con ellos, después de dejar claro las jerarquías, ¡faltaría más!

Así llegó primero Valentino a casa (ex – Sheldon o, como decía David con voz de Pepe Isbert, Chenchooooo). Salió bien, claro, gracias a Ónice, por supuesto, por qué si fuese por nosotros… Menudo par.

Y como nos gustó, montamos a Ónice en la furgoneta. Al día siguiente bajamos en un pueblo extrañamente familiar para ella. Apareció Marité. Se sorprendió, pero como es un poquito asquito, no le hizo mucho caso.

Llegamos a su antigua casa de acogida. Allí reaccionó un poco al ver a José Luis y le meneó la colita. Pasó un par de días con antiguos compañeros de fatigas como Nero, y nuevas compañeras con un futuro de esfuerzo feliz como Esperanza. Y al volver le dijimos que tenía que ayudar a César y a Juanita. ¡Ala! dos galgos a quien mandar durante el viaje de vuelta, ¡mooola!

César se fue con su familia al poco tiempo. Juanita estuvo un poquito más porqué tenía que ser esterilizada y a Oni le tocó echar una mano en el post-operatorio y en hacerle coger confianza. Y casi sin descanso, cuando se fue Juanita llegó Emily, Goya… y Nerón. Este último no ha querido irse.

Ahora estamos los dos con Ónice y Nerón. Vamos visitando ferias y stands con los compañeros de Galgos 112. Los hay tranquilitos, como Zeus, Tramuntana o Pícara; y los hay movidos como Huesitos, Selva, o Chico. Entre todos buscamos familias para galgos y podencos que aún no han tenido suerte en sus vidas.

A Ónice le alegra llevar esta vida y le alegra ver como hay personas que conocen la situación de los galgos y los ayudan. Y le alegra ver como personas, al conocerla, intentan aportar un granito de arena. Y también nos ayuda a nosotros haciéndonos la vida más feliz. Somos un poco tontícolas porqué lo único que nos hace es menearnos la colita al llegar a casa y se deja mimar un poco; sin pasarse ¡eh!

Kiko Veneno hizo una canción un día que le viene como anillo al dedo y resume la importancia que tiene en nuestras vidas. Se llama “Negra” y su estribillo dice así:

A esa negrilla
La llevo en el corazón
La llevo en el corazón
Como un marcapasos
Ya se acabó el miedo al fracaso
La llevo en el corazón

Vosotros también podéis vivir una vida especial. Sólo tenéis que ayudarles un poquito. ¡Adopta un Galgo!

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